Apuntes, artículos y otros escritos




Diciembre de 2011
Revista N° 99 
Dedicada a la Literatura Infantil Iberamericana
http://www.peonza.es/

 
¿Islas o  tortugas?Una mirada sobre algunos aspectos del campo de la LIJ en Argentina

“Recuerda que su madre siempre decía que aquellas tortugas, vistas desde la playa, parecían islas. Averiguará si también eso es poesía.”[1]

Hace poco tiempo, un señor, regresó de un viaje a un país lejano. En una conversación con amigos, describió lo acostumbrado: algunas peculiaridades arquitectónicas, sutilezas gastronómicas, paisajes. Pero luego, se detuvo y relató una escena casual a la salida de un colegio. Algo familiar lo había sorprendido en aquel lugar remoto. Con verdadero arrobo había descubierto que unos niños tan distintos, podían ser al mismo tiempo, tan iguales.
¿Y qué creería el hombre antes de verlo? Vaya a saber.
Pero perplejo con el hallazgo nos hablaba del misterio de la identidad. De lo que define un cuerpo y sus límites en relación a los demás. De la búsqueda siempre inacabada de uno mismo en los otros. De eso que sucede.
Delimitar un campo siempre tiene algo de arbitrario. Los bordes son cornisas y es posible trastabillar. Sin embargo, también resulta imprescindible situarse. Trazar líneas imaginarias, puntos de referencia. También para atravesarlos. Porque para las personas, las sociedades, o la LIJ, la fortaleza identitaria se construye con trabajo de revisión histórica y memoria.  Si hay memoria y ejercicio de pensamiento no es posible perderse en el otro. Más bien todo lo contrario.
Así, el campo de la literatura infantil y juvenil en Argentina se  define por su patrimonio histórico, sus contornos, por sus diálogos entre lo que queda dentro y fuera. Por sus vecindades, sus distancias, y por sus recursos de encuentro. Y en este punto me atrevo a proponer una hipótesis: cuánto más denso sea el intercambio con otras literaturas, tanto más rica y diversa resultará la producción particular. Me parece imprescindible superar así la idea de que lo foráneo es contaminante o que lo diferente es poco interesante. Estas ideas que vienen tan bien a las grandes corporaciones (porque facilitan el mercado) y a los estilos conservadores  (porque facilitan los mecanismos de reproducción). Con estas ideas perdemos todos. Perdemos,  especialmente, los lectores.
 Para empezar, quisiera destacar la importancia del diálogo de la literatura infantil y juvenil con la literatura a secas, conversación que a veces ocurre en el mismo borde y con un pie de cada lado. No es posible definir una LIJ argentina sin referirse a Macedonio Fernández, Borges, Cortázar o Girondo, como tampoco sería justo hablar de una literatura rioplatense sin mencionar a Horacio Quiroga, María Elena Walsh, o María Teresa Andruetto, por nombrar algunos autores.
Otro aspecto que, aunque dentro, no siempre queda a la vista, y a veces hasta es ausencia: la circulación permeable de libros de países diferentes, algunos más cercanos porque compartimos la lengua, otros remotos en geografías o costumbres; porque promueven  interesantes efectos de interpelación para nuestro arte. Conocer a otros y que otros nos conozcan. Leer a otros y que otros nos lean.
Del mismo modo resulta imprescindible advertir las lógicas extraliterarias para entender otros puntos de vista y entrar en diálogo con ellas. Sucede que muchas veces aparecen intereses opuestos que impactan directamente sobre el campo de la LIJ. Reconocerlos y actualizar el debate pone el cuerpo en movimiento.
La peor amenaza para la LIJ, -o cualquier forma de arte en cualquier lugar del mundo- es la quietud. La autocomplacencia estática, la falta de interrogación.
La  escuela y el mercado constituyen dos reinos poderosos que despliegan fuertes influencias sobre la producción de LIJ en Argentina. Influencias que pueden ser provechosas y  pródigas. O sofocantes. Es preciso dilucidar la naturaleza de los requerimientos. Y estar alertas a la posición que el espacio de la creación define, para elevarse por sobre la demanda, hacia una relación dialéctica, de mutua intervención. Pronunciarse sobre los argumentos que ponen en valor la obra. Impactar y redefinir esa demanda. Para que esto suceda, resulta imprescindible escapar del lugar enajenado y obsecuente hacia una apropiación activa de la palabra. Que de eso se trata. Del plus de rebeldía que reclama situarse en el terreno del arte. Porque la búsqueda  del lector se anuda a la sorpresa que revela la visión del artista. Y aquí aparece como flaqueza la ausencia de una crítica comprometida y no de compromiso.
Digamos, que a estas alturas, las quejas demonizando el mercado no alcanzan para explicar las fragilidades de los libros publicados en nuestro país en la actualidad. Y me refiero a las debilidades, porque de las fortalezas presumimos todos.
La presencia de la escuela y sus demandas, triangula la escena. Porque la escuela, ya lo sabemos, constituye el cliente  masivo y cautivo al que apunta el mercado;  por otra parte, aparece como la gran ocasión para garantizar el acceso a la literatura de los niños y jóvenes. Esta doble afirmación nos pone de lleno en el reiterado tópico sobre la utilidad del libro literario.  Desde hace tiempo, los que trabajamos en distintas instancias de la LIJ, especialistas, creadores, promotores, estamos de acuerdo en asegurar que las obras destinadas a niños o jóvenes no deberían responder a requisitos de contenidos moralizantes. Y que estas improntas de herencia normativa deberían ser superadas por las cualidades literarias de las obras. Sin embargo, en la práctica: ¿Qué ocurre?
 “El discurso de los valores, es decir, el de la moral consensuada en nuestra sociedad, se apropia de la literatura con el fin de transmitir con eficacia sus contenidos. […]
  Para lograr esto o bien el mediador se asegura de que el texto contenga de forma lo más evidente posible el mensaje a transmitir, o bien tutela la lectura de modo tal que se imponga el sentido "correcto".”[2]
En estas reflexiones Marcela Carranza se refiriere a los catálogos editoriales que clasifican libros según “valores a trabajar en el aula”. Pero sin duda se extienden hacia lo que efectivamente acontece en la escuela. Hacia lo que debería cuestionar la formación de los maestros como mediadores de lectura. Hacia lo que deberían interrogar las capacitaciones que proponen auspiciar verdaderas comunidades de lectores ¿Por qué se adviene lector? ¿Para qué se lee literatura? ¿Hay alguna respuesta ajena al deseo particular?
Yo no lo creo. Se lee por pasión, por emoción y porque no se puede soltar el libro. O sea, por deseo. Me parece que nadie elige leer literatura para sacar conclusiones morales generales, aunque todo lector, encuentre sus propios y secretos rastros de sí. Aunque todo lector vaya tras los misterios de su pensamiento.
Está claro que el deseo por la lectura literaria no aparece como una revelación mística en unos pocos elegidos. Se construye con encuentros propiciatorios en los que alguien debe ser causa de deseo. Y esta posición no es fácil, no es frecuente. Resulta más cómodo objetivar el deseo. Allanar, explicar, suturar sentidos. Ofrecer respuesta y utilidad. Como le sucede a Alicia:

-¡No digas tonterías, niña! -dijo la Duquesa-. Todo tiene una moraleja, solo es cuestión de encontrarla.[3]

Sin embargo, la literatura, se escapa. Afortunadamente. Burla la ceñidura de los significados y remonta vuelo sobre los significantes. A pesar de las duquesas.

-Oh, bueno, es más o menos lo mismo- dijo la Duquesa-, y la moraleja de esto es: ¡Cuida el sentido de lo que dices, que el sonido de lo que dices puede cuidarse solo![4]

El sonido de lo que se dice puede cuidarse solo y llevará al lector a territorios íntimos, allí donde los sentidos son de su pleno dominio.

Pero, en algunos casos, el requisito de utilidad, de militancia moral no solo proviene de los ámbitos de la escuela y el mercado. A veces, emerge desde el centro mismo de la LIJ.
En una entrevista en 1957  un editor francés afirma:[5]
Muchos escriben con la idea de corregir lugares comunes que anidan en el espíritu del público”
Y en este caso, se refiere a uno de los motivos por los cuales rechaza un manuscrito. En el contexto de la literatura a secas, en París, hace medio siglo.
En Argentina, algunos autores afirman escribir con intenciones de concientizar sobre la ecología, las injusticias sociales, las minorías. ¿Qué distancia existe entre estas intenciones y la moraleja? En toda creación se entretejen las posturas éticas, estéticas e ideológicas del creador. Pero esto sucede en un plano diferente, más allá de la intención. Por encima está la obra. Está el placer del lenguaje en este devenir escritura. En esa especie de enamoramiento contagioso que rebasa cualquier otro motivo.
El mismo editor responde a qué se refiere con la categoría de calidad literaria:
-A la inteligencia. La amplitud del relato. El dominio del caso particular por medio del estilo. A partir de allí, el autor escribe lo que es, y no lo que sabe.

El señor que había vuelto de su viaje, se regocijaba con el relato sobre su repentino descubrimiento. Y al mismo tiempo dejaba en suspenso una pregunta sobre la identidad. Porque, querer saber qué hay de los otros en mí, es querer saber quién soy. Es una de las infinitas aristas del “ser o no ser” que vuelve a Hamlet tan contemporáneo.  
Y la identidad (de un campo o de un sujeto)  está hecha de cada mínimo gesto, incluso de las controversias internas y las contradicciones. La  persecución de una idea o imagen que represente esa identidad, es el ideal tras el cual vamos todos. La zanahoria del burro de la existencia. Que, por supuesto, nunca se alcanza, pero qué sería de nosotros sin la promesa. El tránsito es lo interesante. Esa búsqueda de lo que es, en el instante en que pasó a ser otra cosa.
Cuenta el mito cómo Narciso quedó atrapado en su propio reflejo. Eternizado en el amor a su imagen. Suspendido en una continuidad vacía. Y condenado a lo mismo en una repetición de sí.
¿Qué hubiera pasado si en el preciso instante en el que Narciso quedaba capturado por su reflejo, un fruto caía sobre la superficie del agua? ¿o una hoja? ¿o una lluvia repentina? La imagen se hubiera descompuesto en fragmentos y habría expuesto un rostro monstruoso, desarticulado, múltiple. Habría ocurrido una pérdida. Y hubiera podido escapar de esa muerte.
Porque tal perturbación de lo apacible lo habría sumido en la búsqueda de su reflejo a partir de indicios, de discontinuidades. Habría necesitado reconstruir los sentidos de cada fragmento. Habría necesitado leer.
El agua no es lo mismo que un espejo. No es una superficie plana, tiene profundidad. Así como un libro de literatura no es lo mismo que cualquier libro. Todo el mundo sabe que no se puede atravesar un espejo, pero muchos conocen los encantos de lograrlo con un libro de literatura.
Entonces, por qué pensar que los libros de literatura para niños y jóvenes tienen que ofrecer una superficie de espejo. De identificación ilusoria y plana. Por qué creer que deben reproducir lo que aparece a primera vista, y no lo que revela la mirada estremecida. Luego de un vasto trabajo por la recuperación de nuestros matices regionales, para el repertorio lingüístico de una literatura propia destinada a los más pequeños, nos pasamos a otra cara de la pobreza discursiva: el estereotipo.
Dentro de lo que se publica en nuestro país para chicos o jóvenes abundan los libros-espejo. Libros que apelan a una identificación masiva e inmediata, que evitan poner al lector frente a fragmentos de sí, porque están formulados para la captura instantánea. Y allí se quedan. No cae ninguna piedra sobre la superficie. Son libros muy apropiados para los requerimientos de la escuela y el mercado porque se leen con facilidad. Sin duda, forman parte del paisaje actual de la literatura infantil y juvenil en Argentina.
Sin embargo, también están esos otros libros, que ofrecen una superficie líquida donde sumergirse. Que fluyen en la brevedad de una charca o prometen abrazos oceánicos. Esos que, por cierto, desafían zozobras o resbalones y también se atreven al goce. Se ubican en aquellos lugares que me interesan: los bordes. Esas obras que retoman la poesía, o la prosa poética, a veces también como álbumes maravillosos. O novelas que despiertan a los lectores, los inquietan y enamoran, más allá de su edad, que invitan a lecturas de efectos diferidos, de las que no se sale igual, que ofrecen una escritura, como esta de la que nos habla Roland Barthes:
 A esta fullería saludable, a esta esquiva y magnífica engañifa que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje, por mi parte yo la llamo: literatura.[6]

La literatura se abre paso, insiste y ocupa un lugar en la industria de los libros para la gente más joven. Una industria que goza de buena salud en nuestro país. Al menos, se sospecha próspera, con el surgimiento de editoriales nuevas (pequeñas, independientes, con proyectos más o menos innovadores) y también con la instalación y permanencia de los sellos internacionales.
En general, el sector, no escapa al signo de la época: la velocidad, la fugacidad y la profusión. Un contexto que tiene algo de carnaval ruidoso y estridencia. Circunstancia, muchas veces, inconveniente para el detenimiento que requiere la exploración,  la elección y la apropiación de la lectura. Y sin embargo, no es nuevo lo que se reclama al lector de literatura, ninguna dificultad que no haya sorteado antes con audacia. De la misma forma en que logra escabullirse de la condesa con sus moralejas, el lector, sabrá vérselas con el aturdimiento y lo inabarcable. Inventará sus atajos.

El desafío consiste en ofrecer las oportunidades para el efectivo encuentro con la literatura. Abrir espacios que promuevan lectores emancipados, que se entusiasmen con el riesgo. Resulta probable que por algún tiempo todavía, la lectura de literatura persista como esa práctica furtiva, esquiva a los reclamos, que sucede al interior de aquel espacio enigmático en que se diluye todo lo demás.
Donde unos saben que hay tortugas, otros verán islas. Será inevitable. El trabajo de memoria y el ejercicio de pensamiento, tal vez, sean las únicas coordenadas para responder a la pregunta por la identidad.
Aquí, y es posible, que en otros lugares también.





[1]. Wolf, Ema. El libro de los prodigios. Buenos Aires, Grupo Editorial Norma. Colección Torre de Papel, serie Torre Amarilla. 2003
[1] Carranza, Marcela. La literatura al servicio de los valores, o cómo conjurar el peligro de la literatura. Imaginaria.  181. Lecturas. 24 de mayo de 2006.
[3] Carroll, Lewis. Alicia en el país de la maravillas. Ediciones Colihue, Col. Los libros de Boris, 1996
[4] Idem.
[5] Durás, Marguerite para el France Observateur Se publica una novela de cada cien. Entrevista a un importante editor que solicita permanecer anónimo. 7/11/1957
[6] Barthes, Roland. Lección Inaugural. Siglo XXI, 1982.


Noviembre de 2012
Presentación de la revista Docta de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba:
A-Niñados

Los que me conocen saben que tengo la curiosa costumbre de ocupar el lugar equivocado. Una y otra vez. Parece una situación inevitable para mí.  Se podría decir que cultivo – con cierto encanto, eso espero- un estilo “sapo de otro pozo”. El hecho de participar de esta presentación ahora, y no quince años atrás, lo demuestra. Incluso llegué a escribir una novela sobre el asunto, la titulé Los parientes impostores. En realidad, aquello fue una forma subrepticia de venganza: los extraños eran los otros. Ya saben,  prerrogativas de la ficción.
 Sin embargo, todo defecto puede ser una cualidad, siempre depende del punto de vista del narrador. Y en un giro conveniente me vine a buscar un lugar a la medida: la literatura. Ahí donde “el extrañamiento”[1] es justamente lo deseado. Me refiero con extrañamiento a eso que García Lorca dice que es la poesía: la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio. O  de modo menos lírico definen los formalistas rusos como un desplazamiento semántico en virtud del cual se convierte lo habitual en extraño, como lo visto por primera vez.
Entonces encontré un lugar. Pero no es tan fácil ubicarse. Las cosas nunca son tan fáciles. Hablo de literatura, digo que la literatura es mi lugar, aunque no estoy aquí solo por eso, estoy porque mi obra ha sido publicada en colecciones infantiles y juveniles.
Y a la literatura, el adjetivo infantil, le pesa. Todavía. Lo dice María Teresa Andruetto, entrevistada de lujo de la revista que estamos presentando, en su libro de ensayos: Hacia una literatura sin adjetivos.
Para muchos escribir literatura infantil no es lo mismo que escribir literatura. Fíjense, cuánto espacio en papel ocupan las reseñas (ni hablar de la crítica) en las revistas culturales. El adjetivo, pesa. Con frecuencia, gente del ámbito cultural, me  ha preguntado ¿Y cuándo vas a publicar algo para adultos? Lo deslizan con cierto desdén, como si se tratara de pasar de un arte menor a la verdadera escritura de artista. En esos momentos pienso que tal vez el que pregunta no tuvo la oportunidad de leer a Mark Twain, o Stevenson, o llegó tarde a Poe. O se olvidó.
La cuestión de para quién escribe un autor, en los casos afortunados, pasa por circuitos por completo ajenos al acto de la creación. Pero por otra parte, los segmentos de destinación son cada vez más cerrados porque así conviene al mercado, claro. Si van a una de esas grandes librerías, detectarán fácilmente el sector de libros para niños, convenientemente separado en el espacio y con un diseño lleno de colores y distractivos, -en mi opinión más invitadores al desparramo que a la lectura- y a la vista, en cada volumen, la edad  para la que está sugerido. Alguien dice a priori para qué lector es ese libro. Y otros muchísimos signos lo advierten.
 Pero me parece que no solo ocurre en el ámbito de la literatura. Todos los que trabajamos en relación a la infancia lidiamos de algún modo con el estereotipo de A-niñados. Del que debe volverse niño. Del que muta a la condición del objeto. Objeto-niño que una vez fuimos pero que no somos ¿Por qué?
Existe un empuje del contexto, digamos, a simplificar el universo de lo infantil. Y este empuje reclama a los que ocupamos un lugar en relación a la infancia a encarnar una caricatura, como una ilusión que disminuye o anula la distancia que existe entre nosotros adultos y los niños.
Dice Ricardo Mariño, en sus Máximas y mínimas sobre estimulación de la lectura.
Punto 4: Un buen escritor suele ser un individuo feo, de escasa simpatía y que apenas sabe hablar en público. Un animador de fiestas infantiles dice mejores chistes, canta con más gracia y tiene mejor comunicación con los chicos. Es común que los dos publiquen libros para niños. A la hora de elegir un libro, no está mal tener presente, que quien se dedica a la literatura, es el primero.
 Parecer A-niñados implica una posición. Es una elección estética que muchas veces me hace sospechar una relación servil con el mercado. Encuentra una continuidad en la abundancia de productos predigeridos, en  el despojo de su espesor a los bienes culturales, en el triste aplanamiento del universo de la infancia.
Para terminar vuelvo al principio, al extrañamiento.  Y pienso que tal vez, esa distancia con otros,  con niños por caso,  instala un misterio y da lugar a la fascinación. Al encanto de lo que está velado pero promete. De lo que transforma una inquietud inicial en el augurio de un encuentro.
Recuerdo una película adorable "Las flores del cerezo" de Doris Dorrïe. Es sobre un hombre alemán que de pronto aterriza en Tokio. No entiende la lengua, ni la escritura de los carteles que indican las calles o los lugares. No entiende nada. Y entonces allí, en medio del Hanami que es la celebración del florecimiento de los cerezos,  y que recuerda lo efímero de la existencia, ese hombre perdido en una ciudad tan ajena se encuentra con una joven vagabunda. Y entiende tanto sobre sí y sus emociones. De pronto se conmueve y se entrega a una relación paternal con esa niña/joven como la que no ha tenido con ninguna de sus hijas. Hace cosas que jamás se hubiera permitido, baila con el sonido del viento, se maravilla….
Y yo pensé, pienso, que este mundo, a veces, para los chicos y también para los grandes, es como de golpe estar en Japón sin hablar ni leer japonés y qué suerte que las sombras bailan con el viento en todas partes.





[1] Un desplazamiento semántico que no importa a qué dirección se dirija sino que se dé. Convertir lo habitual en extraño, como lo visto por primera vez. Erlich, Victor. El formalismo ruso.




Septiembre de 2008

Participación de la mesa “La palabra hablada puesta en juego: Literatura, tradición oral y lectura” 



La voz y la mirada: o la materia indisoluble de la narración oral.



Les propongo compartir algunas ideas sobre la experiencia de la narración oral y su relación con la literatura. Tarea improbable porque abarca un gesto de la humanidad que se pierde en el tiempo y ha encontrado infinitos sentidos y formas en todas las culturas. Sin embargo, tal vez, pueda detenerme sobre algunos aspectos. Rasgos que imagino universales. Hebras del hilo invisible que atraviesa a todas las comunidades.

El paso del tiempo deja sedimentos interesantes. Esa distancia permite descubrir lo que queda, ver las  huellas, como los dibujos de la borra en el fondo de una taza de té. Huellas para ser leídas. En ese marco de “lectura” arrimo algunas conjeturas acerca de esos aspectos de la narración oral y su particular relación con la literatura.

En tiempos remotos, algún humano recién parado sobre sus dos pies subyugó a un auditorio con una narración. Fascinó con palabras a otras criaturas de su especie, las elevó a una potencia distinta, las invitó a habitar un universo de ficción. Y esto, que sucedió hace milenios, vuelve a ocurrir ahora mismo en distintas culturas.

Está aconteciendo. Aún. Y todavía sucederá.

Entonces ¿Qué tendrán en común estas experiencias lejanísimas en el tiempo y tan cercanas en la forma? Algo ahí me permite esbozar una idea. La relación entre la literatura y la narración oral está vinculada a la forma. Quiero decir, la dimensión material de un relato es constitutiva, le otorga una identidad y finalmente queda ligada al contenido. Los relatos de ficción habitan objetos muy diferentes: libros,  teatro, cine. Sin embargo, sólo en el caso de la narración oral, el relato cobra la forma de un ser humano, de un otro literal puesto en escena. No es el otro ficcional del teatro. Se trata de alguien cuya identidad queda anudada a su único rol: El narrador.

Hay alguien que produce un relato para otro. Se trata de una experiencia en la que no predomina la actuación sino lo contado. La palabra es vivencial. Esta circunstancia particular, marca una diferencia y pone de relieve ciertas características. Reconozco dos condiciones indisolubles presentes cada vez que se lleva a cabo una narración oral. La voz y la mirada dirigidas a otro u otros. Voy a proponer entonces una reflexión sobre estos dos rasgos/objetos: voz y mirada.

Durante una narración, la voz traza un dibujo en el aire. Hiere su consistencia por un fragmento de tiempo. La materialidad del sonido imprime una marca efímera, que se desvanece en el vértigo de un instante. Sucede. Sin embargo, hay algo más allí. La mirada que sostiene. Y digo mirada no visión (la visión es por completo prescindible) hablo de la mirada en su dimensión de captura, atrapamiento del otro. Hablo de un cuerpo que mira, que hace foco. Les propongo pensar en la mirada que implica reconocimiento, que admite al otro y lo hace parte de una situación de complicidad. La  mirada es un punto de conexión muy fuerte con los demás, piensen en la soledad, la lejanía infranqueable que evoca la frase: “la mirada ausente”.

En el objeto mirada hay una suspensión temporal, es decir, la mirada está en el registro de la duración, de un “no sabía durante cuánto tiempo miraba eso” mientras que en la voz hay inmediatez, envolvimiento y modulación. La mirada atrapa y la voz fluye.

La mirada y la voz. La voz que discurre, encadena palabras y la mirada que sostiene.

Esto acontece inevitablemente durante el acto de narrar. Imagino que no se deviene narrador sin trabajo, se debe tener un poco de juglar y otro poco de hechicero, porque se suscitan estas condiciones humanas muy especiales. La relación entre el narrador y los participantes es intensa, el clima que se instala admite una particular potencia emotiva en el ambiente. Se siente, se respira. Por muchos que sean los que participan, hay allí una sensación de intimidad, de comunidad que ha aceptado el pacto ficcional y está dispuesta a entregarse al relato. Está dispuesta a suspender por ese momento el estado de sospecha sobre la palabra del otro, de juicio crítico objetivo. Esa comunidad está dispuesta a creer el “como sí” del relato de ficción. Todas las religiones han aprovechado estos efectos embriagadores de la narración oral.

Es precisamente esa “emotividad" de la que hablo, que se instala desde la voz y la mirada, lo que liga el relato a la memoria. Tal vez hecha de aquella misma materia que anuda a cada sujeto a la cultura y que sucede al interior de cada familia durante la primera infancia. Ya sabemos que no todo se recuerda del mismo modo y que la memoria tiene sus trampas. Pero también podemos afirmar que bajo ciertas condiciones subjetivas se favorece el recuerdo. No hace falta insistir sobre la importancia que tiene la narración oral en la construcción de la memoria colectiva. Y digo construcción porque no sólo se transmite, también se recrea y actualiza continuamente. La narración oral es un dispositivo cultural presente en todos los pueblos. Una de las formas en que la palabra circula entre las personas de una comunidad y las liga a ella. Enlaza a los sujetos de un modo que escapa a otra forma de atrapamiento que no sea el de un cuerpo vivo que cuenta.


Entonces, la narración oral es una experiencia existencial. El narrador urde el relato sobre la voz y la mirada. Pero también es una experiencia comunitaria y cultural porque activa el lazo social, pone en relación de presencia, la memoria.

Suponemos que la tradición oral de un pueblo marca el inicio de una literatura, sin embargo, cuando aparece la escritura, los caminos se abren, y la especificidad de la forma se anuda al contenido. Muchas veces, la literatura escrita se nutre de la tradición oral, la recoge y aparecen versiones escritas pero ya son otra cosa. La palabra queda ceñida al texto y prescinde, para su memoria, de la voz y la mirada en situación. Algunas compilaciones buscan un registro discursivo cercano a la oralidad, para aproximarse a la fuente, pero es un recurso de la escritura. La literatura oral continúa por su vía y  ninguna forma sustituye a otra, porque cada una ocupa un lugar diferente en la trama cultural que nos contiene.


  Me parece que actualmente la narración oral tiene una identidad bien específica, se nutre de otras artes no cabe duda. Como todas y cada una. Las literaturas, -oral y escrita- dialogan, se intervienen, se enriquecen, exploran sus límites. Ocurre lo mismo con el cine y la literatura, etc. Y dije que es compleja la relación porque está llena de pasadizos, puentes y túneles secretos. Sin embargo, cada una constituye un universo y opera con una lógica particular.


Pero si hablamos de lectura en voz alta pasamos a otra esfera. Es un modo de acceso a un texto escrito. Por eso, persistirá la lógica de la lectura de lo escrito. De la letra.  La captura del  sujeto, el atrapamiento desde la mirada, ocurre por el texto. Lo que te mira, lo que te apresa es el texto.  El texto es el objeto de la relación, lo que se inviste de afecto. Durante la lectura comunitaria los que escuchan son testigos del modo en que un lector se relaciona con una lectura. Una relación de amor con ese texto que transita los vaivenes y vicisitudes que van del déficit a la fascinación. Y ese acto, tendrá sus efectos, sobre el auditorio. Se percibirá la carga afectiva puesta en juego. El lector invitará al amor o a la indiferencia. La lectura en voz alta, es una estrategia, que en el caso de hablar de lectura literaria, estará íntimamente ligada al contexto, al sentido construido, en el marco de otras muchas estrategias con las que es posible abordar la literatura.

Para finalizar creo, que  es justamente la diferencia, estos rasgos particulares, lo que hace interesante la relación entre la narración, la tradición oral y la literatura. Encontrar en “lo otro” una distancia, el enigma de una naturaleza diversa, que da sentido al diálogo, a la búsqueda, al amor, en fin. Y quedan todavía muchos romances pendientes y vendrán vástagos y buscaremos todavía nuevas líneas de filiación que explicarán apenas dónde comenzó y hasta dónde llega la magia cada vez.



Espacio CUENTO PALABRA, Foro Internacional de Oralidad y Literatura en la Feria del Libro Córdoba. Organizado por Rubén López  y Alejandra Oliver Gulle.








   17 Feria del Libro Infantil
Buenos Aires, Julio de 2006



El lector escurridizo


Apuntes sobre  algunas circunstancias afortunadas para el encuentro con la lectura.



Para las vacaciones de este año me fui al sur, a la zona de la cordillera. Y llevé conmigo algunos libros. Uno de ellos fue “El lago” de Paola Kaufmann. Libro interesante y apropiado para la circunstancia.


Lo menciono aquí por un párrafo en particular, poco importante para la trama pero que de alguna manera quedó trabajando en mí. La autora se detiene brevemente en la descripción de los lagos de la Patagonia. Dice que esas superficies  transparentes y bellas, en virtud del frío, de su origen glaciar, son increíblemente puras. Casi agua destilada. Por eso, concluye, son lagos poco productivos. Esas palabras quedaron dando vueltas en mi cabeza “poco productivos”, acentuadas por la posibilidad de anudarlas a la experiencia directa (cosa que me ha ocurrido con poca frecuencia en la literatura y que considero absolutamente prescindible). Bien, en este caso, pude observar no solo el agua de los lagos, sino también unas lagunas, formadas debido a que las nevadas habían sido generosas y tardías, excediendo tras el deshielo, los límites habituales. Eran charcos sobre pasto con cantidad de troncos, ramas y residuos naturales. Y lo más curioso resultaba la increíble transparencia que tenían. Verdaderamente inodoros e incoloros. Asépticos. Podía verse todo el fondo. Para mí fue algo novedoso porque donde vivo también hay lagos. Y ríos. Pero son muy diferentes. El agua suele ser oscura y si por casualidad quedaron charcos después de una creciente, al acercarse y observar detenidamente, uno puede ver muy poco. Más bien lo que ocurre es de la índole de una sospecha. Por la cantidad de burbujitas que asoman a la superficie uno puede presumir que están pasando cosas. El aroma que despiden anuncia que algo se está descomponiendo. O componiendo, vaya a saber. En fin, que hay mucha vida trabajando.


En este punto me detengo. He dado un gran rodeo para llegar hasta aquí, es algo sobre lo más adelante voy a volver, sobre los rodeos.


Por otra parte pienso que cuando se trata de atrapar ideas con las palabras más vale andar con calma.  El apuro, la prisa y la utilidad suelen ser prerrequisitos que  no hacen más que alejarnos de lo importante.


Entonces ¿Qué tienen que ver las aguas productivas con la lectura?  Me parece que algo ¿No son acaso, las condiciones efectivas de lectura, situaciones de gran densidad productiva? Quiero decir, la lectura puesta en acto me remite a los charcos oscuros, poco visibles, sobre los que cabe más la sospecha que la certeza. Pienso en la lectura “en situación” poniendo en marcha diversas y complejas interacciones dentro de un sujeto de manera simultánea. Porque las condiciones de lectura efectivas se producen en un espacio enigmático y, voy a adelantarme, se producen con un despojamiento de los predicados de utilidad. Quisiera consignar en este punto la diferencia entre utilidad y productividad y para ello me remito al diccionario:


Busco Utilidad  dice: (Del lat. utilĭtas, -ātis).   

1. f. Cualidad de útil1. 

Busco Útil (Del lat. utĭlis).       

1. adj. Que trae o produce provecho, comodidad, fruto o interés.      

2. adj. Que puede servir y aprovechar en alguna línea.


Es un efecto por fuera del sujetopermítanme observar, y remite a una voluntad.           A algo que se puede controlar.


Productividad (Del lat. productīvus).Dice:     

1. adj. Que tiene virtud de producir.    
Busco entonces producir: (Del lat. producĕre).          
tr. Engendrar, procrear, criar. Se usa hablando más propiamente de las obras de la naturaleza, y, por extensión, de las del entendimiento.

Es efecto de un sujeto ligado a la existencia. Aún a pesar suyo todo sujeto creará algo, si vive.

El paradigma de la productividad contiene al paradigma de la utilidad que muchas veces va sobre la superficie y uno puede engañarse. Uno puede creer que esa utilidad que asoma  tiene la misma naturaleza de lo oculto y no siempre es así.

Por eso, propongo situarme en el paradigma de la productividad para hablar de la lectura. Y no hace falta decir que si me ubico en ese lugar será pensando en la Literatura.   
       
Cuando hablamos de “LA LECTURA” en general nos referimos a una abstracción. Digamos, a una situación ideal que facilita su abordaje teórico y se presenta desprovista de las condiciones de puesta en acto; por lo que entraña una pérdida. Una pérdida de productividad, si me permiten. Todavía más, el uso de la expresión “LA LECTURA” ha sufrido un desgaste, un alisamiento, por repetición e insistencia. Porque también las palabras tienen sus propias metamorfosis de sentido. De modo que a fuerza de un uso aséptico la expresión “LA LECTURA” ha ido desdibujando el sentido que la liga a la situación concreta que evoca. Para ser gráfica: Es la lectura a la que se refieren las estadísticas de cantidad de libros leídos por persona en tal o cual país (por otro lado ¿cómo las sacarán? Las ventas no dicen todo. Hay bibliotecas con usuarios. Libros en internet y redes de amigos con intensos intercambios. Además las personas somos mentirosas, no por intención más bien por olvido. Me refiero a esa lectura sobre la que nadie se atrevería a cuestionar su importancia. Ni siquiera los que la miran de costado y piensan que un libro es un objeto suntuario y que los lectores son sujetos ociosos. Y es porque LA LECTURA aséptica ha llegado a perder al sujeto. Se puede hablar de la lectura prescindiendo de un lector concreto. Y el sentido de esta LECTURA a la que me refiero, se ha diluido, en un genérico como La PazLa HumanidadLa Solidaridad.  En un colectivo tan ampliado que nos libera de toda responsabilidad, porque son casi dogmas, lugares comunes incuestionables, políticamente correctos que nos contienen a todos por igual sin recortar a nadie en particular.

Hay en esto que digo una contradicción. Estoy hablando de lectura. También de esa “LECTURA” que interrogo. Y me excuso diciendo que la contradicción es parte de la  vida que burbujea bajo la superficie. Las fuerzas en tensión que nos permiten las búsquedas de sentidos... que sí, claro, pueden ser contrarios.

No propongo abandonar el uso de la expresión “LA LECTURA” sin embargo sugiero no olvidar el carácter instrumental de su significación. Y también invito a detenernos  en la situación de lectura particular, oculta, incierta y subjetiva (porque está sujeta a un trabajo íntimo)  Esta propuesta tal vez no sea de gran utilidad pero creo que puede ser productiva.

Ahora ¿puedo encontrar una “lectura en situación” sin un sujeto? ¿quién le pone el cuerpo a esa lectura?. Necesito un lector. Un lector que voy a intentar atrapar para ver si puedo asomarme a ese fermento productivo. Si admite mis suspicacias. Porque frente a la sospecha uno solamente puede ser suspicaz. Pero ¿es posible atrapar a un lector en situación de lectura?

Afirmo: voy tras un lector escurridizo. Un lector que se me escapa. Y vuelvo a las metáforas acuáticas: voy  tras un lector que tiene esa cualidad inasible de los peces.

Me imagino sumergiendo la mano para agarrar uno. Que se desliza entre mis dedos. Huye, resbala, sin embargo logro atrapar por un instante su forma. Percibo la vida que late sobre mi palma. Una cosquilla resbalosa que confirma su presencia. Hay un pez. Además de verlo en la pecera o en el río (en su hábitat, en su contexto apropiado) he podido tocarlo. Digamos que lo he rodeado con mis sentidos. Lo conozco por sus huellas: su imagen, la sensación de cosquilla entre mis manos. Pero jamás podré dar cuenta de la experiencia de ser pez. ¿porqué? porque no lo soy; y el punto mismo del saber es la subjetividad. El pez es un objeto para mí porque está por fuera. No me constituye. Porque hay una distancia entre la cosa y el saber sobre esa cosa. Esta afirmación nada original pretende ser un punto de referencia. Poner desde el principio las cartas sobre la mesa. Una cuestión de honestidad epistemológica por decirlo de alguna manera y la única idea que trataré de sostener a través de todo nuestro itinerario.

He vuelto a la cuestión del rodeo. Mi forma de aproximación será el acecho desde distintos flancos. Mi lector-pez es furtivo, aún así voy tras él. Pretendo seguir sus pistas para encontrarlo sabiendo que, cuando yo llegue, él no estará más. Que deberé leer sus rastros para imaginarlo. Entonces trataré de rodear conceptualmente al lector pez, ya que saberlo será imposible.

Notarán ustedes que otra vez me contradigo. ¿Cómo voy a atrapar a un lector inaccesible?  El lector es escurridizo ¿Estoy hablando de cómo pescar al posible lector? ¿Cómo elegir un buen señuelo para atraparlo? ¿Cómo deslizarlo, con placer para que casi no se entere, al acuario de la buena literatura? Porque si “la lectura” es una abstracción, una prueba de laboratorio, un experimento que se observa bajo condiciones controlables, un artificio que me permite indagar, la puedo pensar como pecera ideal para mi lector pez. Pero en ese caso me estaría corriendo del paradigma de la productividad al de la utilidad y en lugar de hablar de un lector pez, estaría hablando de un lector pescado que es una cosa que no me interesa en absoluto.

Justo en este punto se me ocurre una zancadilla para hacer caer al lector pez. Una que casi todo escritor usó alguna vez para pensarlo, y también creo, los especialistas. Atrapar a “mi” lector. Reconstruir “mi” camino lector. Esperando que mi lector aporte algunos indicios acerca de su encuentro con la lectura.

Pero no es tan simple. Pienso en mi encuentro con la lectura ¿Cómo sucede? ¿Qué me pasa cuando advengo lectora? Y  me doy cuenta de que no es mucho lo que sé si quiero evitar la anécdota. El lector es escurridizo al punto que yo misma como lectora me escapo. No me puedo atrapar. Porque en el preciso momento en que establezco una relación con la lectura, me pierdo a mi misma. Cuando logro una intensidad de relación con un libro ya no estoy para mí. ¿Cómo es esto? Es como si pasara a otro espacio donde no tengo conciencia de la situación. En este punto quisiera introducir una hipótesis para el rodeo. Lo que ocurre es que establezco una relación de objeto con el libro. Y ese objeto, el libro, es tan particular que puede investirse de cualidades de sujeto. De manera que se configura algo como una relación intersubjetiva. Y esta relación “de lectura” es simétrica en algunos aspectos a una relación de objeto entre dos personas. Como el “diálogo que se establece con el libro” del que habla Marina Colasanti.

Ustedes sabrán que cuando la relación con otro es lo suficientemente intensa, el sujeto se pierde a sí mismo. Ustedes sabrán que en esos casos la frontera con el otro se borra de pronto, en alguna forma o en alguna parte. ¿Hace falta dar un ejemplo? Bien.

Habrán tenido ustedes algunas veces una conversación especial. Esas en las que de repente fluyen las palabras entre dos personas y llegan a lugares insondables de si mismas, en las que de pronto se bajan las defensas y se entregan con confianza a esa comunicación profunda y extraordinaria. Es, por ejemplo, el marco propicio para las confidencias. En esos momentos, sospecho que el sujeto se pierde a sí mismo, quiero decir, el sujeto ES sin posibilidad de saberse. Entonces, mi lector comienza a serlo cuando lo olvido y lo dejo ser. Y la relación con el libro es una relación de alteridad. Si leo, voy en busca de un “otro” con forma de libro a quien en el mejor de los casos presto mi cuerpo para que se fusione. Entrego mi materia. Lo encarno. Entro en diálogo con él y no me cuido.

Si mi primer lector soy yo y el más huidizo, tengo una buena pista. Mi lector ES cuando lo dejo ser. Cuando me permito entregarme a la lectura.
Pensar a mi lector en una relación de amor con un libro -en definitiva las relaciones de objeto siempre son de amor, sea por déficit o por exceso- constituye un excelente punto de vista. Puedo intentar capturar algo de este romance que arroje alguna luz sobre  otros posibles encuentros con la lectura.

A saber, si una relación de lectura literaria es una relación de alteridad, si el libro tiene la categoría de un “otro”, entonces lo que liga esa relación es el deseo.
Y es justo en ese punto, que mi lector cobra sentido en relación a la lectura, si me pienso como mediador. Porque una relación de alteridad se instala desde la dialéctica del deseo ¿y esto qué significa? El deseo mismo del ser humano  se constituye bajo el signo de la mediación. Uno, como sujeto deseante, tiene el poder de introducir en otros ese deseo. Pero no voy a perder de vista el paradigma sobre el que decidí pararme. Les recuerdo que era el de la productividad y no el de la utilidad. Entonces la situación de poder no me conduce a ninguna parte, porque como no pretendo ejercer control sobre ese deseo, el poder se constituye en otra cosa, en el mejor de los casos en una relación dialéctica, relación de contagio de deseo, digamos. Aún así es una relación asimétrica. Porque mi lector como mediador tiene un saber anterior sobre el libro como objeto con el cual relacionarse. Pero es justamente esta asimetría lo que abre el camino de la inclusión.

¿Hace falta decir que las relaciones con “otros” NO SON sencillas y naturales? ¿Que nadie nace sabiendo establecer una relación de objeto?. ¿Que es de los más difíciles aprendizajes que debe realizar un ser humano para vivir en el mundo de los hombres?

Es condición para la vida, que otro ser humano introduzca al recién nacido en el mundo. Que lo incluya. Y los dos ingredientes cruciales para que suceda son: el DESEO de conectarse con ese primer “otro” y LA PALABRA, el bien simbólico que materializa el intercambio. Y en la situación de lectura contamos con los dos. Un libro siempre está a la espera de un lector, el lector es la razón de su existencia; y su materia es la palabra.

Pero también es cierto que un libro no es un “otro” para cualquiera,  que sólo se constituye objeto de deseo para un lector. Y que, para incluirse en el mundo de la lectura, para ser lector, un “otro amable”, o una “serie de otros amables” tienen que compartir su mirada de deseo sobre el libro. Empapar al objeto libro de sentido desde el propio deseo. El objeto desprovisto de esa cobertura de sentido deseante no tiene vida. No se recorta  entre las innumerables cosas que existen en el mundo.

Esta situación ubica a mi lector mediador en un lugar fundamental y de cuidado. Porque lo que se pone en juego cuando actúo entre los otros y los libros, es mi propia relación con ese objeto  particular.  Lo que sucede es algo de la naturaleza de los afectos, ya dije que es una relación de amor de lo que estoy hablando (en este punto cabe aclarar que es una relación amorosa con todas sus vicisitudes)  Y es en ese exacto territorio en que como mediador vale preguntarme por mi lector.

Para ampliar la perspectiva voy a tomar algo de distancia:
¿Cuál es la relación del mediador con el libro? ¿Cómo hace circular ese deseo sobre el libro? ¿Hasta que punto ejerce la mediación respetando el deseo del otro?

El lugar del mediador es el de una búsqueda que todavía no ha encontrado respuesta. Esa posición puede ayudar a sostenernos en el paradigma de la productividad para seguir pensando. Porque estamos en un punto de inflexión que entraña un riesgo para esa posición. Si el mediador se corre del lugar del propio deseo, al lugar de la demanda; si en vez de fundar su deseo de lectura en la relación con los otros, incluyéndose; se corre, se borra de la enunciación y dice: “Los chicos deben leer” o “¡qué espanto! los chicos cada vez leen menos” o cualquiera de estas demandas furiosas, que pueden convertirse en un capricho  que finalmente deje de lado el deseo y solamente quede el grito desaforado pidiendo, exigiendo de los demás, entonces, se ubica en el paradigma de la utilidad. Para ser clara, si un mediador (maestro, bibliotecario etc) no logra abandonarse al deseo de la lectura, muy poco podrá hacer para incluir a otros en él. Pero ese abandonarse a la lectura es difícil, resulta complicado correrse del lugar de administrador de utilidades al que nos hemos acostumbrado. Dejar de decirle a los demás lo que tienen que hacer o dejar de  preguntar con insistencia qué hacer nosotros mismos. Escapar del círculo de la demanda.

Sin embargo como mediador necesito que mi lector contagie, que despliegue una situación de confianza que invite a perderse en un libro. Y eso no se puede simular.
Sigo a mi lector-mediador  y lo veo desear una lectura, despojarse del control propio y de los demás frente al libro, lo veo internarse en ese diálogo intenso, escucho el burbujeo, percibo esos fermentos, imagino la mirada de los chicos asomando al charco intrigados. Y comprendo que estoy demasiado cerca, al punto que mi lector escapó. Ha escapado de mí. He llegado al punto de fuga que es también un punto de encuentro. Entonces tengo que dar un rápido viraje a mi rodeo, buscar otra posición de atisbo.

Ahora, quisiera volver a tomar distancia. Me gustaría tener una perspectiva diferente. Para eso invito a un viaje. Sospecho que mi lector es sagaz y conoce maniobras de ocultamiento, de manera que voy a aparecer en un lugar imprevisto. En un paraje rodeado de mar azul y cálido. Con palmeras, plantas exóticas y pájaros de colores. Puedo ver unas cabañas hechas con palmas. Hay hombres, mujeres y chicos de un poblado maorí. Porque estamos en la Polinesia, no les dije. Distingo a un hombre joven que camina por la playa. Va absorto, con los ojos fijos sobre la arena. De pronto, se detiene, se agacha y levanta un caracol. Lo mira fascinado. Debe ser un hermoso caracol, pero no es una rareza, donde estamos hay montones de ellos. Bellísimos todos. Sin embargo, para el hombre parece ser un gran hallazgo.

Cerca de las cabañas, bajo la sombra, otros dos hombres conversan sobre esto. Dice uno:
-Ahora ese caracol es un taonga.
-¿Y porqué? -pregunta el otro hombre-¿qué tiene ese caracol de diferente?
-Ah, eso solamente lo sabe él, su dueño, el que lo eligió –contesta el primero- tal vez quiera usarlo como talismán. Lo cierto es que ese caracol, ahora es en todo diferente a los demás porque  tiene  un Hau.

También los dos hombres son muy distintos entre sí. Uno, es Tenapi Ranapiri un anciano sabio maorí, el que cuenta. El otro, el que pregunta, es un señor francés, antropólogo, hijo de antropólogo, de nombre Marcel. Marcel Mauss. Corre la segunda década del siglo veinte. Unos años después, en 1924 monsieur Mauss, publicará algunas de estas charlas en un libro memorable “El ensayo sobre el don”. Más de uno dialogará con ese libro hasta nuestros días. Pero voy a quedarme con los maorí por un tiempo más. Quiero saber por qué ese caracol es un taonga y qué significa que tenga un hau. Me entero que todo taonga tiene un hau, es lo que lo define.

El viejo Tenapi cuenta que en su sociedad existen estos objetos especiales, los taonga. Estas son cosas distintas, personales, y también pueden ser situaciones: cortesías, fiestas, ritos, danzas, etc. Cosas que tienen Hau. El Hau es la fuerza que hace diferente a esos objetos de los demás. Es el poder espiritual que poseen. Algo de viento y alma. Déjenme señalar en este punto la pérdida de sentido que tiene la trasposición del término a nuestra lógica occidental pero podemos hacernos una idea remota. Estos objetos especiales, los taonga, deben circular. Son objetos de intercambio y su forma particular de circulación es la del regalo, la del don.

Ahora Tenapi dice “imagine que usted poseyera un taonga y me lo diera. No hacemos transacción comercial con él (los taonga no tienen precio) Pasado un tiempo yo doy ese  taonga a una tercera persona. Ese tercero, me da a su vez un taonga y yo estoy obligado a devolver un taonga a usted. Los taonga que se devuelven son los Hau de los taonga recibidos. El hau obliga. Si yo conservara ese taonga podría venirme algún mal, incluso la muerte” termina diciendo.

Fíjense que este objeto personal elegido es un taonga si lo voy a regalar. Es especial justamente porque no puedo quedármelo. Porque tiene sentido en la medida en que me conecta obligatoriamente con otro. Yo no puedo retenerlo porque entonces esa cualidad mágica que tiene y por ahora me favorece, se volvería en mi contra. Tiene que haber un donante, un donatario y más. Pero además esa donación no puede ser un acto inmediato. Debe mediar un lapso de tiempo entre los intercambios. Estas son reglas ineludibles para esta comunidad maorí.

¿Qué relación puede existir entre esto que nos cuenta el viejo Tenapi y la lectura? Vamos a ver.
Los taonga son objetos especiales, con una fuerza, algo que huele a vida. Algo que de alguna manera animiza a la cosa. Lo que llaman Hau. ¿Podemos imaginar eso de lo que está hablando Tenapi? ¿Logramos admitir esta doble naturaleza del Hau? ¿Conseguimos aceptar que esta palabra significa al mismo tiempo espíritu precioso y amenaza? ¿Podemos suponer dos sentidos contrarios coexistiendo? Porque para pensar esta extraña cualidad será necesario pararse en un borde. Asomarse al mito. Nosotros estamos acostumbrados a pensar con herramientas lógicas: la argumentación, el silogismo, que no admiten contradicciones. Pero por debajo, presente de diferentes maneras en el discurso, pulsa el pensamiento mítico. Podemos verlo en los pueblos arcaicos y también en la actividad de los chicos y en la literatura.

Entonces, para imaginar un taonga habría que instalarse en el territorio del mito, desde donde se convocan fuerzas secretas, se libera la omnipotencia de los pensamientos, y  es fácil entregarse a la magia de los deseos.
No es tan difícil, hay que remover un poco el agua del charco. A lo mejor,  sin darnos cuenta, nos hemos acercado a nuestro tema. ¿Acaso los libros no son objetos especiales? ¿Objetos que suscitan grandes deseos y grandes temores de manera simultánea? ¿Acaso la circulación de los libros no ha sido prescripta y forzada en muchas ocasiones? ¿No fueron también proscriptos?

Los libros no son objetos inocentes. Sobre los libros gravitan representaciones complejas y milenarias. Y probablemente en la mayoría de los casos, los sujetos de nuestra cultura no tengan una relación indiferente con ellos. Los libros se aman, o se detestan, o despiertan  un poco de cada sentimiento. A lo mejor entre los libros y los taonga no haya una diferencia tan enorme, después de todo.

La obra de  Mauss “El ensayo sobre el don”  influyó entre los pensadores de su época que vieron cómo esta forma de intercambio en las sociedades arcaicas basada en la donación, se diferenciaba de la economía capitalista -basada en la producción, la acumulación y el consumo- desde una perspectiva económica.  Pero algunos fueron más allá. Tiempo después, otro antropólogo francés, Claude Lévi Strauss  releyó todo este asunto de los taonga con su hau  y concluyó que “el don, es decir un taonga, posee virtudes apaciguadoras en la medida en que resuelve la tensión que surge inevitablemente en el encuentro de un Yo y un Tú”. La circulación del don dibuja un mapa de relaciones sociales.

Y así tras este largo rodeo he vuelto a las relaciones de alteridad, a la relación con el “otro”. En este sentido  el relato de Tenapi  revela algo que pasó inadvertido en aquel momento para Mauss,  es un psicoanalista, Moustapha Safouan quien nos alerta al respecto: el sabio Maorí habla de tres personas para explicar la circulación del don. Si hubiera incluido solamente dos para graficar el intercambio estaríamos en presencia de una operación de estructura diádica, y ahí se acabaría. Sería un trueque. Dos que se intercambian bienes. Y otros dos por allá. Y otros dos más. Que sumados darían como resultado un montón. Un montón de trueques. Pero la inclusión del tercero abre la puerta del pasaje del don a una cuarta, y una quinta, etc  que se ligan entre sí dejando el hau a cargo de cada donante. Un hau que compromete la existencia de uno en relación a los demás. El hau interpela al sujeto, lo alerta. No le permite olvidarse de los otros de su comunidad. Instala un principio de reciprocidad extendida. El resultado entonces no es un montón, sino es una red. Debido a su inserción en una red, el don participa de la transmisibilidad de un mensaje verbal.  Como bien simbólico.  Me parece que es una forma interesante para pensar la circulación de la lectura dentro de una sociedad. A nivel de sujeto pero sin olvidar su punto de sujeción a la red.

Hay más. La circulación del don debe respetar un plazo establecido. No se puede devolver el taonga inmediatamente. El sujeto debe tolerar que el hau atraviese su vida  y la del otro, hasta que el tiempo admita la devolución. Los intercambios son diferidos, jamás se pueden realizar de manera instantánea. Los taonga encierran una dimensión de tiempo distinta a las otras formas de intercambio social inmediatas. Tanto como los libros exigen el tiempo de la lectura que es muy diferente al tiempo de la vida cotidiana. Los libros permiten una suspensión y hasta se puede volver a un momento anterior.

Yo pienso que tal vez ese hau que caracteriza al taonga también se alimenta de deseo. Los deseos atraviesan a más de dos la mayoría de las veces. Los deseos circulan, invisten objetos y ligan a las personas entre sí. Los deseos deben ser aplazados para seguir latiendo, porque de otra forma no serían deseos, se trataría simplemente de necesidades. La inclusión de los otros a una red de intercambio simbólica no es automática. Mi lector puede contagiar el deseo por la lectura,  lo puede hacer circular. No puedo imaginar ese contagio sobre un montón.

Porque otra vez estaría perdiendo a mi lector. Nuevamente se estaría escabullendo. Cada lector está sujeto a su propia red de encuentros, encuentros que lo aproximan a nuevos paisajes de lectura, que aportan descubrimientos, pero tienen el límite su cuerpo, de su estar ahí, y sostenerse. Nadie más va a ocupar ese espacio. Y si insistimos en posicionarnos desde el paradigma de la productividad, entonces habrá que contentarse con sospechar la travesía antojadiza, que tal vez escape al deber ser imaginario. Y tener confianza en ese lector, que si tiene oportunidad, si “alguien lo incluyó desde el deseo” y si está rodeado de libros diversos habrá de encontrar sus taongas. Y casi podría asegurar que después de un trecho habrá coincidencias. Y para uno, el descubrimiento de las convergencias con otro, suele ser un acontecimiento de  plenitud.

Cuando los mediadores hablamos de animación a la lectura tal vez estemos en un territorio más cercano al mito que a la lógica occidental. Porque se trata de dar vida a un objeto elegido. Se trata de regalar a otro el hau de ese libro y ese otro a su vez toma este hau y  para transmitirlo tiene que encontrar sus propios libros especiales. No todos leemos lo mismo, ni encontramos esa cualidad mágica en el mismo objeto.  Hablar de mi lector y de otro lector, marca un punto de coincidencia pero también da lugar a la diferencia.

Lo interesante es que no existe el libro perfecto. Ningún libro puede saciar completamente un deseo de lectura porque sería detenerse. Moriría nuestro lector. Todos dejan con ganas de más y hay que procurar un nuevo taonga. Tenapi señala que una comunidad es más rica, cuanto más espesa es la circulación de taonga. 

Entonces, puedo pensar en algunas circunstancias afortunadas para el encuentro con la lectura. Y pienso aquellas en que el sentido emerge desde su mismo centro. Aquellas en las que no hace falta ningún pronunciamiento pomposo sobre su importancia. Son aquellas que exhalan el deseo circulando a veces mudo. Con la sola presencia de los libros invitando y ese otro amable mostrando su fascinación.

Puede ser que haya libros peores y mejores, la elección va a quedar siempre del lado de mi lector, lo cierto es que cuando más experiencias de lectura se permita mi lector tanto más sabrá, qué cosas son para él taonga y que no. Tanto más fácil será descubrir su caracol para cada momento, en una playa llena de caracoles.

                                                                                                                                                                                                                          


8 comentarios:

  1. Regenar la inocencia es un trabajo muy serio.
    firmado Sapo Dotropozzo (que es un personaje de mi Capercita Verde)
    y gracias por tu blog.

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  2. Ay, Laura, ¡qué bello escribís! Si vos, grande como sos en esto, sentís cierto desdén en el tono cuando te preguntan por LIJ ¡imaginate qué queda para el resto!
    No hace mucho que escribo (no diría para niños, tenés razón: la cuestión de para quién escribimos es tan ajena al acto de la creación)y siempre que circulo por este mundillo nuevo y apasionante, tan lleno de autores y editores maravillosos, que en algún caso incluso se van haciendo queridos, me siento como en Japón. Y lógicamente, no hablo una sola palabra de japonés.
    Me encantó tu artículo. Gracias por compartirlo:-)

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    1. Querida Sol,uno es grande cuando hace lo que quiere con honestidad, de la mejor manera que puede y le pone el alma, así que grande vos. Y además, cuando hay cariño, ese que sentís de los otros en este mundillo uno se entiende, tiene de dónde agarrarse.
      Muchas gracias a vos por tu comentario. Abrazo.

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  3. Laura, me encantaron ( como las sirenas) tus escritos. Me permiti guardar los link para compartirlos con mis alumnos de profesorado.
    Gracias por tus textos y por tu generosidad de repartir tu palabra.
    Un abrazo lluvioso desde la llanura santafesina.
    Beatriz Ré

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    1. Gracias Beatriz, todo tuyo. Abrazo lluvioso desde las sierras cordobesas.

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  4. Laura, acabamos de leer con mi hijo que va a 6º, en una escuela de La Plata el libro que luego cito. Tiene que hacer un trabajo sobre "Encuentro con Flo", entre otras preguntas, le piden que ubique y describa Ciénaga del Quebrachal. Hemos buscado en la web y no encontramos un lugar con ese nombre. Si nos das una guía te agradeceremos.
    Fermin

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    1. Querido Fermín ¡ese lugar no existe! es ficción. Yo inventé ese nombre y le atribuí unas cualidades que podría compartir con algún pueblo del noroeste. En especial, con alguno de Santiago del Estero cerca del río Salado. Pero situarme en una geografía real me ceñía a datos comprobables y justo eso fue lo que no quise.
      Espero que sirva esta respuesta para el trabajo de tu hijo y que le vaya muy bien. También espero que más allá de la tarea hayan podido disfrutar de la lectura. Un abrazo.

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  5. hola! me intriga pensar que en una de esas casualidades me podrías contestar una pregunta que no las podría encontrar en otro lugar que no sea en tu blog! estoy preparando una clase para presentar "heredé un fantasma" y quisiera saber si hay alguna razón por la que utilizaste tu apellido para llamar asi a los protagonistas principales. Desde ya me seria muy útil y de mucho agrado. Gracias. Evelyn

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