lunes, 31 de julio de 2017

Las cartas del azar

Derivas sobre este asunto de intimidad y delicadeza que sucede cuando un editor edita lo que un escritor escribe.


Tuve mucha suerte en esto que para nombrar me falta. Si digo oficio también es otra cosa que se sintetiza en la palabra escribo aunque en la palabra escribo cabe el infinito.
Y digo tuve mucha suerte porque en estos años de práctica de intercambio, de conversaciones con editores, hubo generosidad para acompañarme. Aprendí unos modos de hacer lugar a otro en ese sitio en el que no cabe más que uno en el momento de engendrar existencia. 
Cuando escribo pido, exijo, necesito soledad.

Sin embargo, hay otro momento, en el que la lectura de otro también engendra. Y con el paso de los libros -buenos, malos, menores o mayores, ese es otro asunto- sigo aprendiendo, esclareciendo para mí la posición que me interesa.

Hace tiempo leí una nota de Graciela Montes en la revista Piedra Libre, ella decía que no entendía cómo los escritores esperaban que los editores les dijeran cómo escribir. Cuando la leí no terminé de entender a qué se refería (ya dije que fue hace mucho tiempo y todavía no tenía experiencias para anudar a ese comentario) era un comentario duro.
Ahora lo leo así: hay un trabajo que nadie más puede hacer por vos. 
Y aplica a casi todo. 
Hay una pregunta, un vacío que nadie más puede formular, -si estamos hablando de escribir- una deriva, un no saber que funciona como incomodidad extrema: dispositivo de creación, un raspor que tolerar.
De los editores, cada vez más,  tuve lectura detenida, cuidadosa, y después, la sabiduría de decirme algo que no se termina de decir. 
Una disponibilidad. 
Una presencia casi de transferencia, opinó una vez una amiga que comparte zonas de interés, una intervención analítica en el punto en el que el saber hacer con eso que inquieta (del texto en este caso) queda de tu lado. 
Y digo cada vez más porque tampoco ese lugar es construcción absoluta de los editores. También ahí está implicado el que escribe. 
Ahí también se juega la posición que me interesa: si demando (pregunto qué tengo que hacer, cómo lo tengo que hacer) pongo al otro en situación de responder a la demanda. Si pregunto qué esperás de mí, para ahorrarme el trabajo de la angustia, (que trabaja como aliada a veces) el riesgo de poner en juego mi deseo que puede no ser lo que  otro espera, pero es lo que soy, pongo al editor en el lugar de hacer mi trabajo.

También advierto ahora el oficio (o más) sutil, inteligente, de lectura potenciada que cultivan los editores para intervenir con precisión, belleza, porque tengo que decir: agradezco la confianza de lanzar una inquietud de lo que ha sido leído en el texto sin cerrar sentidos, dando lugar al estallido propio, al entusiasmo, al deseo que se juega en la escritura que no es obediente, es reactiva, sensible a una buena hipótesis de lectura.

A veces pienso que es más fácil quejarse de los editores, por caso, uno se borra un poco y sale aliviado de un asunto, se escabulle. O entregarse por completo a una fusión en la que no queda claro qué trabajo hace cada uno. Y los efectos de ponerle a decir a otro (que está en otra posición de lectura, de trabajo con el libro, de reflexiones sobre los haceres) algo que tiene que buscar uno. Ubicarse en el propio espacio no  es negar el otro punto de vista, es sumarlo en su justo lugar: otro. 
Para seguir pensado.

Me gusta saber que de lo que piensa un editor no sé todo. 
Me gusta saber que hay lugar para la sorpresa entre nosotros.




lunes, 8 de mayo de 2017

En buena compañía (1)

Las presentaciones de libros son excusas para los buenos encuentros. Estoy segura. Conversaciones interesantes, brindis y otros entusiasmos.
A veces son  más.
Y es por la compañía.
Decir gracias a María Emilia López por su lectura es poco.
Así que va silencio agradecido.
(Y a Cris Macjus por las fotos)

 
 LO QUE NO ES PIEDRA, NI MIRLO, NI POEMA 
(ÚNICAMENTE)

Texto leído con motivo de la presentación del libro EMA Y EL SILENCIO, de Laura Escudero Tobler, ganador del Premio Hispanoamericano de Poesía para niños 2015.
Librería del Fondo de cultura económica.
Buenos Aires, 5 de mayo de 2017.
Por María Emilia López
“Existe un alfabeto del silencio,
pero no nos han enseñado
a deletrearlo”.
Roberto Juarroz

Laura elige como umbral para “Ema y el silencio” estos versos de Juarroz, el poeta del pensamiento, el poeta-filósofo. Y a mí me hace pensar inmediatamente en las zonas más profundas de la poesía, que no siempre son consideradas como tales cuando hablamos de poesía para niños. Me surgen entonces algunas inquietudes sobre la relación entre poesía y filosofía o poesía y pensamiento y decido tomar ese atajo para comenzar esta pequeña intervención (¿poética?).
La filósofa María Zambrano dedicó un libro a pensar las relaciones entre poesía y filosofía. La traigo como compañera aquí:

“A pesar de que en algunos mortales afortunados, poesía y pensamiento hayan podido darse al mismo tiempo y paralelamente, a pesar de que en otros más afortunados todavía, poesía y pensamiento hayan podido trabarse en una sola forma expresiva, la verdad es que pensamiento y poesía se enfrentan con toda gravedad a lo largo de nuestra cultura. Cada una de ellas quiere para sí eternamente el alma donde anida. (…) Hoy poesía y pensamiento se nos aparecen como dos formas insuficientes; y se nos antojan dos mitades del hombre: filósofo y poeta” (…) Vale la pena manifestar la doble necesidad irrenunciable de poesía y pensamiento y el horizonte que se avecina como salida del conflicto1.

Zambrano se remonta a Platón para dar cuenta de la lucha más vigorosa por imponer la toma de poder del pensamiento (la filosofía) por sobre la poesía, y señala que desde ese entonces “la poesía se quedó a vivir en los arrabales, arisca y desgarrada, diciendo a voz en grito todas las verdades inconvenientes; terriblemente indiscreta y en rebeldía”2.
Pero vayamos más atrás: “¿Qué raíz tienen en nosotros pensamiento y poesía? ¿A qué amor menesteroso vienen a dar satisfacción?” 3 . 2

¿Alguna de las dos necesidades es más profunda que la otra? ¿Alguna de las dos proviene de una región más honda de la vida humana?
Para el poeta su materia es lo que se impone ante sus ojos, es la evidencia, y también lo son sus ensoñaciones, el “dar vuelta las cosas”, como diría Juarroz. El poeta cambia el foco hacia lo que mira, lo trastoca pero no a puro capricho, sino desde otra lógica que construye a fuerza de establecer nuevas relaciones entre lo que ve, lo que intuye, lo que siente, lo que sueña, lo que irrumpe, lo que fogonea su lenguaje gastado por la monotonía de la comunicación. El mundo del poeta es entonces, a la vez, pensamiento y poesía, es lo diurno y lo nocturno, es lo palpable y lo etéreo, es tal vez lo más pleno del ser humano, porque está hecho de lo fáctico y lo inapresable, y lo inapresable es infinito; el alma y la inteligencia humanas entonces son infinitas. De algún modo la relación de imbricación entre poesía y filosofía resuelve parte de la pesadez del mundo, el poeta otorga a la vida esa “levedad”4 de la que hablaba Calvino, levedad que nada tiene de superfluo, sino, por el contrario, es un arduo trabajo dedicado a romper la “compacidad” del mundo, a desbaratar las representaciones dadas, a hacer del uso de la palabra una “persecución perpetua de las cosas” 5 , es decir un esfuerzo perenne para descongestionar el significado y percibir lo múltiple; “mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”, decía Pizarnik.

Ema y la levedad:
El sol hundió las manos
en la tierra
cavó hasta el fondo
y dejó
una semilla minúscula
negra
como la oscuridad más oscura
como clave de sol
o una duda.
La semilla brotó
fue mirlo
y voló.
A veces bajo el árbol
un signo de pregunta
picotea lombrices
y canta al cielo
(mirlo es eso,
pozo profundo 3

música del sol
una luz).6


En “Ema y el silencio” los poemas traban un triple juego: lo profundo del pensamiento, el envés de la mirada poética y un lenguaje que persigue a las cosas hasta desnudarlas, para arroparlas luego al modo en que los niños trastocan las cosas del mundo cuando juegan.

En el roble
pequeños cuencos alojaban
frutos dorados.
En otoño cayeron.
Ahora cuelgan
tazas vacías de las ramas
los pájaros las llevan
a sus nidos
beben sol a montones
y cuentan a sus hijos
historias
de lo que brota de nuevo.
De la lluvia.
De cuando las hojas tienen
sueños de barco
y esperan
vientos que las lleven
sobre acantilados de nubes
y bosques
de anémonas azules.
Ema trepa al árbol:
atrapa peces de luz
se hamaca en canoas pequeñas
cuenta caracoles
escucha el mar.7

Pienso entonces en ese origen poético de la infancia: nos hacemos “niños” –más allá de la edad biológica- por el acto de jugar, es a partir del reconocimiento y posterior extrañamiento sobre las cosas del mundo como aprendemos a imaginar. Imaginar, vestir y desvestir el lenguaje, explorar el significado, construir lógicas que permitan entender el mundo, desbaratarlas, ver –otra vez- el envés de todas las cosas. Juego-poesía-pensamiento se convierte entonces en una trilogía fuertemente imbricada. A la sangre que corre por las venas de la infancia la tiñen de igual modo los juguetes y el poema. 4

Una oruga hace
con hojas
cosas.
Por ejemplo, mariposas.
Mastica con esmero
pliegue, dobles, mordisco
y agujero.
Origami de oruga:
hermosura.8

Italo Calvino decía que “el cuento es un caballo: un medio de transporte, con su andadura propia, trote o galope, según el itinerario que haya de seguir”9. ¿Y qué es el poema?, ¿”poquitas letras que suben y bajan”, como me dijo una niña de tres años un día?, ¿”un cuento que a veces no cuenta nada, pero canta”, como me dijo otro de cuatro?
Hagamos este pequeño ejercicio: les propongo observar la luna; ya sé que son menos de las siete de la tarde, que tal vez no haya asomado, que estamos dentro de un auditorio impermeable al hueco de la noche. No importa, cerremos los ojos, e imaginemos. Es Calvino, nuevamente, quien nos va a guiar:

Luna de la tarde
“La luna de la tarde nadie la mira, y ése es el momento en que más necesitaría de nuestro interés, puesto que su existencia está todavía en veremos. Es una sombra blanquecina que aflora del azul intenso del cielo, colmado de luz solar; ¿quién nos asegura que se las ingeniará también esta vez para cobrar forma y esplendor? Es tan frágil y pálida y tenue; solo en un lado comienza a adquirir un contorno neto como el arco de una hoz, y el resto está aún todo embebido de celeste. Es como una hostia transparente, o una pastilla disuelta; solo que aquí el círculo blanco no se va deshaciendo sino condensando, agregándose a expensas de las manchas y sombras grisazules que no se entiende si pertenecen a la geografía lunar o si son rebabas del cielo que todavía tiñen el satélite poroso como una esponja”10.

¿Dónde está la poesía, dónde está el poema? ¿Qué es un poema?, ¿solo las palabritas flacas que suben y bajan?, ¿es una música?, ¿es tal vez un pájaro que no se conforma con cooperar con su bandada en cada migración y entonces arriesga su vida para explorar otra experiencia aérea, otro posible e incierto porvenir?

Una mariposa
no es
lo que parece.
A veces
sus vuelos son guirnaldas
farolas en las flores
pañuelos
otras
sobre una cala
su vuelve palidez
y llora.
Una mariposa
es
de vez en cuando
tristeza
alegría
de vez en otra.11

¿Qué hay en los poemas de “Ema y el silencio”?, ¿quién los habita?, ¿a qué juegan?
Gata peluda
La gata peluda
duda:
¿es oruga
despeinada,
o es
gata achicada
que
aparte de pelo,
de gata
no tiene nada?
Humor, naturaleza, melancolía, asombro, juegos de infancia, silencios y musicalidades. Eso: la música, que no es un opuesto del silencio, la música que convive con la poesía desde siempre. Así como en la música se logra una unidad, aunque esté compuesta de instantes efímeros, así el poeta busca la unidad de su poema, su “trasmundo”, como diría Zambrano. La matemática sostiene a la música, ¿no tiene la poesía también su “matemática”? ¿Cuál es la matemática que sostiene los poemas de “Ema y el silencio”?, ¿cómo trabaja Laura poeta esas zonas de tensión entre el asombro, lo efímero, lo errático, y la unidad? ¿Qué es lo que canta en esta poeta? 6

Esta referencia a la música me recordó un relato de Federico García Lorca, que me parece especialmente interesante, porque aúna varias de las cuestiones que intento poner a dialogar aquí. Dice Lorca:
“Los recuerdos, hasta los de mi más lejana infancia, son en mí un apasionado tiempo presente. Y se los contaré. Es la primera vez que hablo de esto, que ha sido mío solo, íntimo, tan privado, que ni yo mismo quise nunca analizarlo. Siendo niño viví en pleno ambiente de naturaleza. Como todos los niños adjudicaba a cada cosa, mueble, objeto, árbol, piedra, su personalidad. Conversaba con ellos y los amaba. En el patio de mi casa había unos chopos. Una tarde se me ocurrió que los chopos cantaban. El viento al pasar por entre las ramas producía un ruido variado en tonos, que, a mí, se me antojó musical. Y yo solía pasarme las horas acompañando con mi voz la canción de los chopos. Otro día me detuve asombrado. Alguien pronunciaba mi nombre, separando las sílabas como si deletreara: “Fe-de-ri-co”. Eran las ramas de un chopo viejo, que al rozarse entre ellas, producían un ruido monótono, quejumbroso, que a mí me pareció mi nombre”.12

También hay una matemática de la música de los árboles, un extrañamiento de la mirada que convierte a la piedra o al mueble en compañero del habla. Hay una búsqueda de la unidad que no distingue poesía de pensamiento.
Angelo, el papá de Lorenzo, un bebé de 6 meses que concurre al jardín maternal donde trabajo, nos dijo ayer: -me di cuenta de que a Lorenzo con lo que más le gusta jugar es con los “no juguetes”. Se refería a las cajas, envases variados, tapas, cucharas, objetos de la vida cotidiana desinvestidos de la función “juguete”. Claro, porque Lorenzo está trabajando para convertirse en niño, y eso lleva implícitas ciertas operaciones sobre las cosas, sobre la mirada hacia las cosas, sobre el acto de nombrar, sobre la enunciación. Tengo la fuerte sospecha de que Lorenzo no distingue entre pensamiento o filosofía y poesía, ejerce ambas a la vez, con total convicción. No tiene otra opción. Para jugar, necesita de la poesía en un sentido amplio, de ese alboroto del sentido, del asombro, la fantasía y el descubrimiento, necesita construir también cierta unidad propia. ¿No es entonces su “juguete-cosa” o su “cosa-juguete” un poema y a la vez un artefacto científico con el que se inserta en la cultura del mundo?
Por eso agradezco tanto que exista “Ema y el silencio”, que haya poetas que abonen el trabajo de los niños. Por eso hago esta pequeña aunque sentida y honda celebración de este libro. Lorenzo y todos los niños merecen muchos “Ema y el silencio”, alimentos de la raíz humana, frutos frágiles y ciertos de la palabra. Palabra que canta, que rompe la inercia del tiempo, que instala un silencio revelador. Gracias a Laura Escudero, por cada nota y cada imagen de su cuenco poético. Gracias a la Fundación para las Letras mexicanas y a Fondo de cultura económica, por elegir publicar poesía para niños, por premiarla, por abrigar la travesía de los poemas de toda la colección.


1 Zambrano, María. Filosofía y poesía. Fondo de cultura económica. México, 1993.
2 Ibid.
3 Ibid.
4 Calvino, Italo. Seis propuestas para el próximo milenio. Siruela. Madrid. 1998
5 Calvino, Ibid.
Ema y el silencio. Laura Escudero Tobler. FCE – FLM. México, 2016.
7 Ibid.
8 Ibid.
9 Ibid.
10 Calvino, Italo. Palomar. Alianza. Madrid. 1985
11 Ibid.
12 García Lorca, Federico. Obras completas. Aguilar. Madrid. 1992

domingo, 5 de marzo de 2017

Cuidado con salir los sábados a la noche
(pueden pasar cosas)

Anoche, en un rincón entre Unquillo y Cabana, unos pocos tuvimos el gusto de escuchar a GEODA (G30D4). Durante los intermedios sonaba Billie Holiday. El ambiente íntimo y la cerveza artesanal tuvieron ciertos efectos. De evocación- imaginación.
Entre los once y quince años pasé los domingos en un departamento opresivo en Guido y Rodriguez Peña. La derecha rancia me rodeaba pero esto que puedo nombrar ahora tenía por ese tiempo ausencia de nombre para mí. Venía como efecto sobre el cuerpo suelto de otras posibilidades. Un perfume ajeno, expulsivo y mortífero me empujaba a la soledad de  una habitación. Había unos ciclos en la televisión: sábados de cine o algo así. Pasaban clásicos  que me transportaban a otro lugar. Puedo decir que vi películas que me acercaron al carozo de un durazno más fácil de tragar (y que dieron textura y distancia a esto que tal vez ahora puedo nombrar) y junto con las películas una música extrema “adoptada”, más de cuerpos dolientes buscando la felicidad. Algo de esto me dice el recuerdo de escenografías fabulosas y danzantes bajo la lluvia, americanos en París, Gigis (de la imaginación bestial de Colette a quien sin saber nada antes había leído con fruición clandestina) desayunos en Tiffanys, alta sociedad con ese comienzo Louis Armstrong. Era pantalla de otra cosa. Había que raspar un poco la superficie para dejar pasar el sonido hasta el fondo y elevar la carne a otros modos de entender (o lo que sea que trabaja los signos en los que una lee y escribe el mundo) pasar sobre el caldo de heroínas románticas y glamorosas al estado de captura final.     
El departamento era de un tío peronista. La mancha quedaba perfectamente disimulada detrás de la lámpara de marfil y los originales de Castagnino. Y mi abuela perdonaba y se complacía con el domicilio regalado. Tenía a un paso el quiosquito de flores.
Esto lo digo ahora. Y desarmo la profundidad del desasosiego. A veces los nombres aplanan. Hacen parecer fáciles y digeribles cosas que no lo son. Hacen héroes y villanos de un plumazo. Y otra vez. Hundir la nariz en el asunto se vuelve cuestión de sobrevivientes.
[Entre los hombres el pensamiento distingue a los sobrevivientes de los vivos.
Toda primavera es un Sobreviviente.
Los pensadores –los sobrevivientes- son quienes experimentan la necesidad de retomar todo de cero para comprender lo que vivieron. Para volver sobre sus huellas y captar así testimonios.
La noética traumátofila: El pensamiento prefiere lo difícil de pensar porque lo más difícil es lo que menos abandona.] P. Quignard.
La paradoja funciona. Éramos más cercanas en origen -mi hermana y yo- a los abuelos inmigrantes pobres. Y en realidad material. Y en amor. Íbamos invitadas de piedra a un show ajeno. La pregunta sobre lo ajeno también funciona e instala paradoja.
[Entonces, el ardid. 
                             Lo erótico de la lectura (o la escritura) es el juego de la imaginación que se convoca en el espacio que hay entre nosotros y nuestro objeto de conocimiento. Los poetas y los novelistas, como los amantes, dan la vida a ese espacio con sus metáforas y subterfugios. Los bordes del espacio son los bordes de las cosas que amamos, cuyas desarmonías hacen que nuestra mente se mueva. Y allí está Eros, un realista nervioso en este campo sentimental, que actúa por amor a la paradoja, es decir, mientras pliega el objeto amado y lo oculta para volverlo un misterio, para hacerlo un punto ciego en el que pueda flotar conocido, desconocido, real y posible, cercano y lejano, deseado y capaz de atraernos.] Anne Carson
Flotaba algo que ligaba en forma de creencia.
Podía sentir eso que venía como dado y no admitía cuestión. Es más fácil dejarse heredar creencias y cubrir el pequeño panteón familiar con flores de la desgracia.
que son tan apropiadas
para el olvido la desestimación.

Desconfío de las creencias excessus-verba
Prefiero todo lo que se dice por medio del aliento (es en primer lugar un adiós)
Igualmente todo lo que se podrá decir en la lengua que se aprenderá a la luz significará primero ese adiós a un reino anterior, sonoro pero no hablante, interno, replegado, secreto, no luminoso, solitario.
(Quignard again)

que puede emerger con un par de acordes una noche de sábado
o cuando sea
propicia la disponibilidad de cada quien.


bonus track: 
https://www.youtube.com/watch?v=6JfKY0K_NQk





viernes, 23 de septiembre de 2016




Premio Hispanoamericano de Poesía Para Niños
Palabras de agradecimiento

Hoy quisiera, si me permiten, tomar este espacio para el puro agradecimiento.  Y quisiera que las palabras encerradas en este papel se hicieran pájaro para volar hasta las personas que me acompañaron en el camino.
Y son tantas.
Las que tuvieron cuerpo de libro y me llegaron desde tiempos y lugares remotos para confirmar que hay algo de humanidad que conmueve más allá de las distancias. A cada obra, a cada recuerdo, a cada olvido.
También a la voz de mi mamá que tejió para mí un nido de poesía. Y aunque no estuvo demasiado pronto, estuvo para siempre.
A Laura Devetach por aquella tarde, por su modo de estar en el mundo, por su hermosura hecha palabra.
A María Teresa Andruetto por su convicción de trabajo empecinado sobre la letra, de cincel para buscar el resplandor perdido.
A mis compañeros de CEDILIJ por estos años de espigar entre los libros para chicos esos que acortan distancias, que con unas mismas palabras encarnan emociones que no tienen edad para entrar en el cuerpo. Y por su trabajo silencioso, anónimo y convencido de multiplicar las oportunidades. Porque me enseñaron  que no da lo mismo el modo de invitar a habitar un libro. Me enseñaron a ponerle el cuerpo a la belleza. Al convencimiento de que el arte es el camino.
A Iris Rivera y a mis compañeros poetas por la generosidad para leernos de ese modo detenido que entiende que cada gesto en la escritura es una evidencia de lo ausente, y por eso, una presencia.
A la Fundación Para las Letras Mexicanas, al Fondo de Cultura Económica de México por este espacio que abre las puertas a las culturas que impregnan nuestra lengua compartida. Y al jurado, Susana Ríos Szalay, Emilia López y Mercedes Calvo, que eligió mis poemas entre tantos. Gracias, elegir es un acto de humanidad profunda.
Un premio como éste da la oportunidad para que asomen al mundo literaturas sueltas de los “apremios” del afuera, menos esclavas a necesidades que no son las del escritor. Y me parece que es un acto político de resistencia, de defensa de la utopía de libertad, de apuesta a la creación sobre todas las cosas. Escribir envueltos en el misterio del propio deseo al que conduce la escritura. ¿Qué haríamos los que elegimos la búsqueda desde cualquier rincón del arte si no hubiera lugar para el deseo?
Finalmente agradezco al poeta Roberto Juarroz por su poesía que me invitó a seguir el juego de sus versos: Existe un alfabeto del silencio, pero no nos han enseñado a deletrearlo.  
Y tiré del hilo y salió esto que ahora les convido:
Ema salta
Hay un silencio en el silencio
que guarda
la música del mundo.
Murmullos de mar
en el fondo oscuro
de las caracolas
—y en lo profundo—
sinfonía de peces
aguavivas
sombras de gaviota.

En la noche hay grillos,
una luna que a su modo canta.

Hay en el silencio un silencio
que guarda
la música del mundo:
la siesta borda 
el camino a las amapolas
y las libélulas.

Ema se desliza
y salta
del silencio
al mundo que flota
detrás
de las palabras.

Escribí  estos poemas con el corazón puesto en mis propias búsquedas, de ánimo muy terrenal y sereno. Poemas que brotaron de la contemplación y lo que revela:
Ema y los pájaros
El sol hundió las manos
en la tierra
cavó hasta el fondo
y dejó
una semilla minúscula
negra
como la oscuridad más oscura
como clave de sol
o una duda.
La semilla brotó
fue mirlo
y voló.
A veces bajo el árbol
un signo de pregunta
picotea lombrices
y canta al cielo
(mirlo es eso,
pozo profundo
música del sol
una luz).
Ahora vuelvo al silencio que es el lugar adonde nacen todas las palabras. Pero quisiera que mi agradecimiento se fuera con ustedes,  con cada lector que acompaño y no conozco (pero nos conocemos tanto) y que en ese lugar secreto y precioso pudiéramos encontrarnos:
Ema regresa al silencio en el silencio
que guarda
la música del mundo:
en una tetera,
en los bolsillos,
en el corazón oscuro de una naranja.
Ema trae entre las manos
semillas nuevas
para que broten nuevas las palabras.

Muchas, muchas gracias.










domingo, 28 de agosto de 2016

Intervención en la Jornada CEDILIJ 2016
Ojo ilustrado
La lectura en el centro de la imagen


¿Algo te mira en lo que ves?

Hoy vengo a hablar un poco de atrevida y otro poco porque el modo extranjera me gusta. Sobre todo cuando se trata de mirar. Me parece que uno mira diferente cuando anda por lugares que son ajenos y producen extrañeza.  Como cuando se viaja a un país lejano o a un lugar que no es el barrio propio. Pero especialmente porque uno es extranjero en relación a otros. No es posible pensar la extranjeridad  desligada de otros,  dice Julia Kristeva en su libro Extranjeros a nosotros mismos.
Y este punto de vista me permite hacer foco sobre algo que me interesa, me voy a correr de pensar lo que se mira (el objeto, la imagen) para proponerles detenernos un momento en los que miran (los lectores) con la ilusión de buscar algunas pistas sobre cómo hacer de mediadores, cómo auspiciar encuentros interesantes entre personas diferentes (en edad, sexo, historias) y sus experiencias con imágenes.
Y como soy extranjera en el planeta de la ilustración lo primero que tengo son preguntas.
¿Qué es primero el huevo o la gallina?/
¿Qué es primero el ojo o la mirada?
Porque a simple vista parece que con los ojos bien puestos cualquiera mira, ¿cualquiera mira?, ¿alcanza con los ojos en perfecto funcionamiento para mirar?
Porque si hay ojo, ¿eso asegura que haya mirada? Digo, si hay un órgano sano que permite la visión, ¿se supone que hay una persona que mira? porque no es lo mismo ver que mirar, ¿no?, ¿todos miramos lo mismo en lo que vemos?
¿Tiene que haber visión para mirar?
¿O para que el ojo construya una visión antes tiene que haber antes una mirada? 
Me atrevo a formular una hipótesis de extranjera:
Quizá para que la visión  “se humanice” antes tenga que haber una mirada.
Una mirada como lo que entrama, nos hace parte de algo que ya está y de lo que participamos un poco, nunca del todo, como para dar lugar al movimiento y la pregunta.
Vuelvo dos puntos atrás en el tejido:
Decía Iris Rivera que hay una diferencia entre entender y comprender. “No es lo mismo entender que comprender. En una conversación, no es lo mismo que tu interlocutor diga “te entiendo” a que diga “te comprendo”. Entender tiene que ver con hacerse una idea, conocer, inferir, deducir, pensar. Comprender, en cambio, tiene que ver con rodear algo y acercarlo, acercárselo hasta llegar a incluirlo en uno mismo, así lo dice el diccionario. El deseo de comprender lleva entonces el impulso de abrazar. El deseo de entender lleva, en cambio, el de tomar distancia.”
¿Será que el ojo entiende y la mirada comprende?
¿Y cómo será entonces acompañar a construir una mirada?, ¿habrá que dar lugar  al misterio?, ¿a lo que puede perderse de distancia en el abrazo?
Me gusta pensarlo así, dejar lugar para sentir lo que hay de propio en la experiencia de la mirada y lo que se comparte con otro, incluso con lo que se mira. Y más me gusta imaginar que en este movimiento de acercamiento-alejamiento con lo que se mira hay un gesto de encuentro que no es fusión total porque participa de un enigma. Todo abrazo es posible porque hay dos diferentes. Y esa diferencia (que podríamos llamar amor y al amor podríamos llamarlo captura de uno por otro) es lo que lo causa.
¿Lo que se captura de una imagen es lo mismo para todos?
¿Las imágenes tienen el poder de causar deseo de mirar?, ¿hay algo de deseo propio en la relación que se construye con las imágenes? Si es así: ¿qué causa ese deseo?
A primera vista parece que la relación con las imágenes es inmediata. Pero si lo pensamos un poco también hay algo que se demora en el tiempo. Una zona de lo que se ofrece para ver: atrapa, uno queda colgado de algo de la imagen. Capturado. Incluso podríamos pensar que uno es mirado por eso que mira. Y si uno es mirado, se siente mirado por eso, es porque algo no se termina de entender y entonces será necesario comprenderlo. Dejarse abrazar por eso. Perderse un poco en eso como un misterio que envuelve. Como un abrazo.
Y entonces los mediadores, los que acompañamos a construir mirada, podemos comprender que hace falta tiempo para entrar a la zona íntima con la imagen. Que un perderse ahí es necesario para volver y tomar distancia. Que hay un trabajo subjetivo intenso en el mirar que tiene que suceder antes de apresurar conclusiones. Que los libros de imágenes no son más fáciles, ni más rápidos de leer que los que tienen textos para descifrar. Y que un último margen de “tiempo privado”, encuentro ahondado con la imagen, parece imprescindible para que el abrazo suceda.
Y entonces vuelvo de los que miran (los lectores) a lo que se mira (el objeto imagen) porque no toda imagen cultiva del mismo modo la experiencia de mirar en lo que se ve. Algunas imágenes parecen dejar poco lugar para el atrapamiento, para el enigma, uno pasa a vuelo de pájaro: las ve pero no las mira. Y a veces no hay demasiado para mirar. Son planas. No interrogan, no lo dejan a uno colgado. En cambio otras se ofrecen con cierto misterio para la visión que pide un detenerse a mirar. Porque prometen algo más. Prometen otros placeres como estos de los que habla la poesía de Denise Levertov:

PLACERES
Me gusta descubrir
lo que no se ve
a simple vista, pero está

dentro de algo de otra naturaleza,
en reposo, escindido.
Las plumas de vidrio, ocultas

en la pulpa blanca: espinas de calamar
que arranco y dejo en el colador
cuchillada a cuchillada—

afiladas por la velocidad como para traspasar
el corazón, pero frágiles, la materia
desmintiendo el diseño. O una fruta, el mamey,

envueltos en áspera piel marrón, la carne
rosa-ámbar, y el carozo:
el carozo una gema de madera, tallado y

pulido, de color nuez, con la forma
de una castaña de Pará, pero grande,
tan grande como para llenar
la palma hambrienta de una mano.

Me gusta el tallo jugoso que crece
rodeado por la hoja más basta,
y el resplandor amarillo-manteca
de la copa estrecha donde la campanilla
se abre fría y azul en una mañana calurosa.


 http://cedilijargentina.blogspot.com.ar/